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Fayt – Ajustando Los Tornillos Del Trono

Su Majestad Fayt - Arte Digital Marcelo G. UrbanoJuez Fayt

Digo Fayt y pienso que la fatalidad biológica, afecta “TODO” lo relativo a los seres vivos de manera inevitable, trátese ya de una conserva de liebre en escabeche, de un churrasco sacado prematuramente del freezer, o de un juez de la corte. Todo se degrada, y por eso es de suponer que cualquiera de nosotros, sin privilegios de santificación demostrables, llegue al inexorable ritual de entregar la posta, para que otro venga a hacerse cargo del paquete y es un momento honorable de la vida al que se le llama jubilación.  Puede ser un derecho básico pero, seguro, es una necesidad. 
No existe heroísmo en atornillarse a un trono, niservicio al país si no se es consciente de las limitaciones físicas. Pretender que alguien se quede para siempre mientras viva, desoyendo los mensajes biológicos, es claramente una falta empírica de entendimiento de la realidad.  Y si la realidad es incomprensible, no hay forma de impartir justicia, si no, que lo diga Griesa por los fondos buitres, que lo diga Lorenzetti  por las torturas en Malvinas, o que lo diga el árbitro Merlos por el Partido Lanús Arsenal en octubre pasado.  Es decir que lo mires por donde lo mires, la comprensión de la realidad es la clave y la permanencia de Fayt no tiene gollete. 

Quiero decir que el Juez no consigue mensurar el daño que conlleva su membresía pobre de horas de trabajo, escasa de agilidad y agudeza para abastecer los requerimientos de lectura, escritura y juicio claro;  porque es lo que suele ocurrirle a cualquier humano casi centenario.  Cómo definir aquello que lo sostiene atornillado a su trono: ¿una parca resistencia a la parca?, ¿una exagerada sobrevaloración de lo que es SERVIR?, ¿o es simplemente que el PAMI no le cubre alguna prótesis dental?
Desde su tranquilidad indiferente de viejo monarca duro de abdicar, donde parece contemplar lo que pasa a su alrededor, le hacen creer que existe un embate contra su persona mientras él canta su versión de Resistiré:
Resistiré erguido como pueda
Pareceré de hierro aunque sea de papel
Y aunque los vientos de la vida soplen fuerte
Soy como un fierro atornillado que se oxida y
sigue en pie
Y como en una montaña rusa, se agarra con terror del apoyabrazos para oponer resistencia al vértigo; a él, que ha llegado a la encrucijada de su vida en la que debería estar gozando de los bisnietos, recuperando viejas lecturas y antiguos recuerdos y celebrando la longevidad sana que tuvo la gracia de recibir.
No se cuestionan su idoneidad, su historia, su sabiduría, aún en disidencia con algunos de sus fallos. Lo que no se podrá decir de él es que no sabía. Para bien y para mal, ha honrado sus principios, aunque estos no nos gusten. Nada de lo que ha dispuesto no estuvo contenido por la más rígida letra de la ley. Pero convengamos que hoy es legítimo preguntarse si entiende lo que firma, de la misma forma que dudaríamos de la capacidad y reflejos de un colectivero de 97 años, de los cálculos realizados por un contador de 80 y de los latiguillos que repite zonzamente Chiquita Legrand.
Según los especialistas en gerontología, existen 3 edades: la “Biológica”: que se refiere al tiempo vivido  y su relación con la “fecha de vencimiento”; la “Psicológica”: que plantea la “madurez”  y se relaciona con la capacidad que el sujeto manifiesta para adaptarse a los distintos cambios estructurales, históricos, culturales, etc. ; y la “Social”:  que atañe a los roles y hábitos sociales que el sujeto es capaz de asumir en relación con los demás.  Fayt ha cedido su hándicap en las tres edades y no hay modo de excluirlo de las preocupaciones de todos, lo reconozcan voluntariamente o no. 
Si sus colegas lo respetaran con sinceridad, lo habrían ayudado a alejarse.  Si la oposición no estuviera tan distraída en la carroña electoralista, verían a Fayt como un agujero en el fundillo de la justicia, a la que le faltan dos miembros como mínimo para funcionar a reglamento y como seis para funcionar como debiera.  Pero todo lo que se hace en estos días, tiene la virtud bastante pobre de ser pateado  para adelante, con la esperanza de que en una futura administración todo se resuelva solo, negándose tozudamente a reconocer que la próxima administración, puede bien ser lo mismo que esta.
Pareciera que se lo dejaron olvidado al anciano juez, al que se recurre cuando se necesita su firma. Qué triste es llegar a una edad en la que todo lo que se requiere de nosotros es una línea de tinta temblorosa garabateando una firma, y que la carne, los huesos, la sangre, las ideas, el conocimiento, sean materia prescindible.